Lettori fissi

domenica 2 giugno 2019

Londres para siempre


Capitulo Decimo
El tiempo siguiò  impredecible y caprichoso. En algún momento, a caballo de Medio Aosto, pareciò que el verano no  había decidido todavìa darnos su adiós para el próximo año, cuando un impenetrable manto de oscuras nubes escondió el sol a nuestra visión, y el cielo dejò caèr violentos aguaceros entremezclandolos con unas lluvias finas y insistentes.
Las mañanas soleadas, con gritos de los niños juguetones en los  parques ahonde no era tan raro ver los londineses quitarse la ropa para calentarse al sol,  parecían ahora una memoria distante.
Fue como el final de un sueño. Mi alma siguió la evolución del tiempo, convertiendose repentinamente caprichosa e irritable, mientras que mi cuerpo estaba envuelto en un manto de vacío irreal, al punto que una vez,  despertandome  despues  de una inusual siesta, observando el cielo desde la ventana de mi dormitorio, me pareciò que llegava un otro dìa e ya me iba a preparar como si fuera por la mañana .
Duró varios días y, cuando no estaba lloviendo, el cielo amenazaba, con su sombrío y con un gruñido desfavorable nada bueno.
Y los que regresaban de las vacaciones lamentaban el sol y el mar de Malta o de las Islas Canarias o Baleares y los que todavía tenían que ir con días que los separaban desde el principio de las vacaciones, con la esperanza de que al menos más allá del canal el sol no hubiera convertido tan tacaño y arcano.
Pero nosotros, lo que fuimos allà antes y que permanecimos aquì después, nos  regocijemos sobre todo cuando de repente, una mañana, sin que los periódicos y la televisión lo hubíesen  anunciado, incluso contra sus propios pronósticos, el sol saliò de las nubes oscuras del cielo,  trajendo  la esperanza y la alegría en nuestros corazones.
Todos reasumieron como antes. –“Te lo dije! "– exclamaba Terry fuera de la camioneta, mientras que reasumieva con la dura ronda de suministros. Ketty, el Gerente de la tienda de suvenires, que se alternaba con Abraham en la dirección, volviò a ser jovial y despreocupada.
Tal vez porque anteriormente eran camuflados en la atmósfera oscura, pero con el regreso del sol, empecé a notar en la Plaza, cada vez más numeroso, un grupo de  teddy-boys.
Los teddy-boys eran fácilmente reconocibles por sus atuendos distintivos: zapatos negros con suela de goma y el talón de la misma altura y con cordones rojos; negros tambien los pantalones, tobillos estrechos, chaquetas pantalones casi de la misma tela en los muslos, con rojo corte clásico, botones y solapas, en seda negra, camisa del mismo color, al que estaba parado hacia fuera, sujetado del cuello por una tapa del botón del perno prisionero en metal blanco, un lazo de cinta roja fina.
Llevavan su pelo siempre perfectamente pulido y  engrasado, peinado a cepillo, no demasiado largo en su cuello, mientras que sus patillas se alargaban  gradualmente, hasta la mandíbula. En resumen, muchas  copias anónimas del famoso Elvis Presley. Tomados uno por uno, también podrían ser buenos, sino como un grupo a veces se volvìan violentos y a menudo armados con cadenas, bastones y cuchillos, cuando su estado de ánimo los tomava hasta  hacer tonterias.
Me habían dicho que a menudo introducian  en sus regazos de los incautos en busca de amistad y compañerismo y, después de los haber hechos beber y divertirse, los masacraban a la muerte, por puro placer.
No sé si en  Leicester Square se produjeron en una ruta regular o si llegaron allí a la aventura, el hecho es que mientras que antes veía a alguien muy raro, ahora, algunos días, invadieron la plaza en grupos de cinco, seis y a veces incluso más miembros, entre los que siempre había alguien que tenía una grabadora o una radio que propagaban a la misma música que veinte años antes había marcado la división entre la vieja y la nueva frontera del movimiento rock, sino que ahora, especialmente después de la muerte del gran cantante de Menphis, sonaba aburridora, rancia y anticuada.
Un odio profundo y oscuro opusiera a estos chicos contra a los  Punks fantasiosos y excéntricos y provocativos sado-masoquista, rivalidad que diò lugar de vez en cuando en furiosas peleas, resueltas solamente después del recibo de la policía que tomaba a los más canallas de ambas facciones,  convencendolos  apropiadamente con algunos golpes bien asignados a  desistir de esas reuniones violentas.
Las mujeres de su gira se  distingueban solamente porque estaban junto a los "cuervos rojos" (como alguien los llamaba a esos pintorescos y divertidos personajes, atemporal y sin mucha personalidad), porque de lo contrario, en aparte de algunas excepciones, no tenían ninguna ropa que las  distinguese.
Usaban normalmente de ubicuos jeans, zapatos de tacón negros, chaqueta de cuero y camisa blanca.
De hecho no sé si fuera correcto de llamarlas  “teddy girls”, aunque esto podría ser un nombre muy apropiado para aquellas que compartían gustos musicales y sentimientos con los teddy-boys.
Cuando una de ellas  vino a comprarme un helado de  crema, me llamó la atención por su elegancia con encanto, y no me quise perder  la oportunidad de conocerla. Desde las primeras palabras que pronunciò,  notando las olas de luz en sus ojos, mi espíritu fue atropellado por un etéreo actual de vibraciones pulsantes y  me pareció que nuestros corazones vibraran al unísono.
Era como si un invisible  cortina hubiese envuelto en una parábola suave de sonidos nuestros dialogos, y penetrando en nosotros sin ningún intermediario, nos había envestidos, como si por arte de magia, en una corriente que marchaba compulsiva entre  dos polos. Otras veces me habìa occurrido de notar esta mecánica con  los clientes ocasionales:  era como un  flujo mágico de energía vital.
Fue cuando le pregunté, intempestivamente, a salir conmigo alguna vez, que se rompió el encanto y la muchacha parecíò volverse,  de un golpe,  a su realidad ordinaria.
Ella respondíò a mi invito  con un parpadeo de miedo en sus ojos, diciendo que su novio era uno de los líderes de los teddy-boys y celoso y violento como era, podríamos arrepentirnos de cualquiera acciòn contra a él.
En mi exuberancia joven e imprudente, fui, tan listo y sincero en mi  respuesta y le dije que  ni su novio ni su banda de  'cuervos', en aquel momento podian preocuparme, tan fuerte era  lo que sentía para ella.
Tuvo que darse cuenta de eso, Liz, en cuyos ojos re-encendiò por un momento la energia intensa y suave que me había pillado antes. ¿A pesar de eso pronunciò en tono pero genérico “? puede ser, quién sabe? “', y saludando con la mano diò vuelta y se alejò rápidamente. Y sentí dentro de mí una fracción infinitamente pequeña de mi tiempo morir e yo sabía en ese momento que nunca habrìa jamas vuelto a verla otra vez.
10. continùa...

sabato 13 aprile 2019

Memorie di scuola



Capitolo Settimo
Seconda media
Anno scolastico 1966-1967
Alla  fine anno scolastico 65-66, come accennato in precedenza, venni promosso a pieni voti e così in estate potei ricongiungermi finalmente alla mia famiglia.
Il mio paese, la mia famiglia, i miei amici (a parte, ovviamente, quelli che avevano diviso con me i sacrifici della vita collegiale) mi erano mancati molto.
Lì ritrovai tutto come prima. I campi assolati, le lunghe giornate  d’estate che sembravano non finire mai. Le gite al fiume su mezzi improvvisati: sulla canna di una bicicletta o  sul triciclo portabombole di Giorgio se si andava a “Funtananoba”, ma anche a piedi se si andava a “Sa Cascadedda” o a “Su Sifoi”.
Mio padre era drasticamente contrario che si andasse al fiume. Era proibito per i miei fratelli maggiori, figuriamoci per me. Lui manifestava a voce le sue  paure,  che lì,  fra le canne del fiume, i vagabondi del paese potessero commettere degli abusi sessuali nei nostri confronti (o chissà, magari dentro di sé, aveva paura che i miei fratelli più grandi potessero abusare magari loro dei ragazzi più piccoli).
Io per non sbagliare, ci andavo di nascosto anche  dei miei fratelli, così correvo meno rischi di essere scoperto.
E ad onor del vero io non sono mai stato sessualmente molestato in quelle innumerevoli volte in cui sono stato al fiume. Anche se debbo dire che mio padre non aveva in fondo tutti i torti.
Mi ricordo infatti un certo “Marieddu su tuffadori” (un ragazzo un po’ più grande di noi, così chiamato perché eseguiva dei tuffi davvero impossibili, da altezze per noi inimaginabili) che si era fissato su uno dei miei coetanei, un certo Caddeo. Marieddu cominciò col  dire, nel suo sardo colorito e turpe, una volta che Caddeo  volgendoci le spalle,  si dirigeva verso l’acqua per nuotare:
- ” Avete notato che il culo di Caddeo è bello come quello di una donna?” E ripeti oggi e ripeti domani, nella nostra fantasia di adolescenti a digiuno di tutto (e soprattutto, ovviamente, di donne) quel deretano bianco e formoso finì per apparirci desiderabile. Così un bel giorno, mentre Caddeo si trovava a mezza coscia già immerso nel fiume, Marieddu lanciò un urlo, incitandoci a cogliere quel frutto di femminile sembianza. Da buon capo branco fu il primo a lanciarsi verso l’ambita preda. E noi, stupidi inconsapevoli di   un gioco che poteva volgersi in atroce dramma, lo seguimmo.
Caddeo difese con le unghie e con i denti (nel senso letterale dei termini) il frutto dei desideri insani di Marieddu e tutto finì in quegli spruzzi e in quelle spinte di giocosa eppur focosa incoscienza.
Per fortuna arrivò a mio padre la voce delle mie gite proibite al fiume.  Così  fui costretto, insieme a qualche altro fratello che  col fiume non aveva niente a che vedere,  all’odiata siesta pomeridiana (quanto poi l’avrei amata e desiderata  negli anni seguenti lo dirò più avanti).
Io aspettavo che cominciasse a russare e poi me la svignavo alla grande; ovviamente, in tali casi, occorreva pianificare bene ed essere di rientro prima che mio padre si levasse per l’apertura del negozio (prevista per le 17,00). Ma in quel lasso di tempo era obiettivamente più difficile cacciarsi nei guai e combinare disastri.
Ma quando mio padre scoprì quel giochetto arrivò la misura più drastica, il massimo della pena: la sera sarei andato con lui in negozio, ad aiutarlo. Non che io fossi in grado di aggiustare gli orologi, intendiamoci; ma intanto avrei dovuto imparare a stare al banco di vendita  (“quattro occhi vedono meglio di due” ripeteva sempre per invogliarmi a seguire il suo lavoro, soprattutto quando esponeva gli oggetti d’oro ai clienti visitatori); poi stando accanto a lui nel banco da lavoro avrei imparato ad eseguire i lavori più semplici: scoperchiare gli orologi dal fondello con l’apricassa, affilatissimo, senza graffiarlo; sostituire il vetro; sostituire le anse e il cinturino degli orologi; per poi passare a qualcosa di più complicato ma che  comportava  uno smontaggio solo parziale e limitato dell’orologio: la sostituzione di albero e corona di carica e la sostituzione della molla di carica (gli orologi elettronici, ovviamente, non c’erano ancora).
Al rientro ad Arborea mi prese una grande malinconia. Gli amici del paese si erano tutti ritirati, o quasi. Eppure tutto sembrava come l’anno prima: l’accoglienza affettuosa dei precettori salesiani; il passo volante; l’odore profumato delle saponette, del bucato e del dentifricio nuovi di zecca; l’odore intenso della cancelleria comprata per l’occasione e quello di libri freschi di edizione.
Eppure qualcosa era cambiato dentro di me; io non saprei dire cosa.
Ora mi pesavano di più la severità degli orari, la disciplina a tavola, dove non si poteva fiatare (pena dei rudi colpi in testa col  campanello che i guardiani della sala da pranzo portavano con sé,  ben saldi nelle mani dietro la schiena, nei giri di ronda tra i tavoli della refezione), io che ero abituato alla giocosa convivialità dei pranzi di famiglia, quando ci si trovava tutti insieme attorno alla tavola rotonda che mio padre aveva fatto costruire apposta dal falegname,  per contenere comodamente  tutti e dieci figli, mia nonna materna (che spesso soggiornava con noi per lunghi periodi), Mariangela (la ragazza che aiutava mia madre nelle faccende domestiche, che la sera rientrava a casa sua , per riprendere il servizio l’indomani mattina) e naturalmente mamma e papà.
Anche la notte, nel dormitorio, mi colpì una sorveglianza stretta e rigorosa che l’anno prima non avevo notato.
Forse eravamo diventati più maliziosi e quindi più pericolosi agli occhi dei nostri educatori; o forse fu il mio malessere a farmi travisare la realtà; fatto sta che a un certo punto ci fu qualcuno di noi che parlò di non meglio identificate molestie sessuali da parte di uno dei giovani precettori, neppure ancora consacrati. Preciso che si trattava del più severo e odiato dei giovani chierici; i suoi colpi di campanello alla testa erano micidiali e facevano male davvero (io ne porto ancora i segni in testa); ma preciso altresì che io non ho mai subito molestie sessuali da chicchessia, nè ho mai assistito ad alcuna azione turpe o scurrile da parte di uno solo degli addetti al controllo e all’insegnamento di noi studenti. C’era molta severità, questo sì; anche mezzi di correzione manuali ( i temuti colpi di campanello alla testa ne erano un esempio eclatante) e anche pedestri (i calci nel sedere ai più riottosi e discoli di noi non erano certo rari) ma mai gesti sconvenienti, neppure simulati.
E aggiungo che noi eravamo, in linea generale, una masnada di indisciplinati, chiacchieroni e scansafatiche; e secondo me  i calci in culo e i colpi di campanello ce li siamo meritati tutti (e anche di più).
Ma io, quando vidi che i miei genitori facevano resistenza alle mie richieste insistenti di rientrare a casa, usai la diceria  delle molestie sessuali che si era diffusa in collegio, come leva per vincere la resistenza dei miei genitori.
Nessuno, in casa, mi chiese dei particolari su quella stupida diceria, per cui non ebbi bisogno di inventare niente di niente.
La diceria esisteva e si era diffusa e io la avvertii come minaccia (o forse la sfruttai a mio comodo). Ma ripeto che a me non risulta per niente che ci sia stata, in quel collegio e in quel tempo da me speso come studente interno al Seminario, alcuna molestia di natura sessuale in danno dei ragazzi. E d’altronde è comprovato che mai ci fu alcuna denuncia contro alcuno degli educatori, giovani o vecchi, laici o clericali che essi  fossero.
Quando le mie richieste si erano fatte più insistenti,  una domenica sera, mio padre e mia madre vennero a riprendermi. Per me fu una liberazione. Il viaggio di rientro passò quasi nel completo silenzio, non so se dovuto all’ imbarazzo di mio padre, alla delusione di mia madre o alla mia emozione per aver ottenuto l’agognato rientro.
Mio padre interruppe il silenzio soltanto una volta. E fu per dire in tono asciutto :
” Non pensare di trovare l’America in casa!”
Il che voleva dire , nel gergo da lui prediletto, che non mi avrebbe dato modo di spassarmela troppo (forse pensava ancora alle mie scorribande al fiume o per i campi assolati). Invece mio padre aveva in mente uno dei suoi colpi di scena. Una delle sue intuizioni felici, da noi figli  non sempre capite appieno, frutto del suo desiderio di elevare una famiglia numerosa al livello economico  delle più grandi imprese familiari regionali.
La mia ventata di riacquistata libertà durò così veramente poco: il tempo di un trimestre scolastico per l’esattezza.
Insomma, non avevo fatto ancora in tempo ad apprezzare appieno la mia nuova classe (finalmente una classe mista, con tante ragazze; dopo aver vissuto segregato in un ambiente dove le uniche gonnelle erano quelle dei preti, questo sì che era un grande risultato!) che mio padre calò il suo jolly! Contrordine: si torna in Sicilia!
Del viaggio ricordo soltanto la 1100 Fiat familiare con mio padre alla guida che veniva imbracato in una rete enorme ed issato a bordo con una gru (le navi Tirrenia, all’epoca, infatti, non avevano ancora la poppa ribaltabile per consentire un agevole imbarco agli autoveicoli e, così, si ricorreva  al metodo che ho descritto.
Poi mio padre ripartì. E per me fu una strana primavera quella del 1967.
I giovani compaesani di mio padre, nonostante la chiara origine del mio cognome, iniziarono a chiamarmi “U Sardignolu”. A me non piaceva nè il termine in sé, nè il modo con cui quei ragazzi lo pronunciavano. Grazie alla mossa segreta, già sperimentata al mio paese natio con il mio rivale capobanda Rodolfo, ne mandai a gambe all’aria più di uno. E presto, non so se per timore o per rispetto la smisero di usare quel termine offensivo; ed io mi integrai bene nei diversi gruppi.
A scuola mi misero all’ultimo banco con un ragazzone argentino di nome Armando, i cui genitori, forse tentavano come mio padre un impossibile e nostalgico rientro in Sicilia, partendo però dall’altra parte dell’oceano. Armando parlava più lo spagnolo che l’italiano; ed io, così piccolo di statura, da quell’ultimo banco, e con quella compagnia (il simpatico Armando non faceva altro che parlarmi delle mirabolanti cose argentine) non seguivo certo le spiegazioni degli ottimi docenti di quella scuola.
Per fortuna la professoressa di lettere (di cui purtroppo non ricordo il nome), in seguito ad una mia ennesima scena muta,   diede una così tremenda sferzata al mio orgoglio (mi disse letteralmente: “Basile, quando sei arrivato sembrava volessi spaccare il mondo!!! E adesso non fai altro che chiacchierare a vanvera!!!) che da allora, chiesto ed ottenuto di cambiare banco (con la scusa che non vedevo bene la lavagna) cominciai una lenta ma decisa risalita che mi condusse alla promozione a pieni di voti.
Ricordo ancora Armando, a giugno,  davanti ai quadri di fine anno che commentava: “Ma come? Basile promosso ed io bocciato?!?”
Povero Armando. Non si era neanche accorto del mio cambio di passo.
La nostra casa siciliana era nella via principale del paese; una strada strapiena di esercizi commerciali, di studi professionali, di abitazioni lussuose e di servizi. La piazza col Castello, il Campo sportivo (con la scritta “mens sana, in corpore sano”) ed il Municipio (nei cui pressi c’era anche la casa del sig. Pipo) non erano distanti dalla nostra casa; così come la scuola e la stazione dei treni.
Eppure, evidentemente, qualcosa non funzionò, se è vero come è vero, che con la fine delle scuole ce ne ritornammo tutti in Sardegna. E meno male che mio padre aveva pensato bene di continuare le attività imprenditoriali già avviate in Sardegna (due negozi di gioielleria) ed era rimasto lì coi miei fratelli più grandi, nella speranza di poterci raggiungere quanto prima con il resto della merce e della famiglia.
Della Sicilia ricordo un amico (col quale, la domenica mattina, invece di andare a Messa, andavamo a bighellonare per gli sterminati agrumeti della periferia spadaforense. Ricordo anche un flipper, nel bar centrale, dove i campioni si sfidavano nei pomeriggi e alle domeniche. Ricordo un  giornale che a tutta pagina annunciava la guerra dei sei giorni e la gente che nelle strade e nei bar preannunciava con timore la Terza Guerra Mondiale.  Ricordo inoltre i miei album di figurine dei calciatori. Non avendo il coraggio di chiedere i soldi a mia madre per comprarle all’edicola (nella mia ingenuità, capivo comunque che i soldi incassati nel negozio non erano sufficienti), mi ingegnai a vincerli al gioco. Si giocava nel cortile della chiesa, “a soffio”. Il gioco consisteva nell’appoggiare al muro un mazzo di figurine e nel soffiarlo con la bocca alla base. Si vincevano quelle figurine che si riusciva a capovolgere con la soffiata. Riuscii a completare ben due Album di figurine: con il primo vinsi un libro di narrativa (ricordo ancora il titolo: “L’ultimo dei Mohicani”); con il secondo vinsi invece un’armonica a bocca.
L’Equipe 84 con la canzone  ”29 settembre”; Dalidà con “Bang, Bang!”; Adamo con “La notte”.
Quando mio padre si stancò di mandare soldi dalla Sardegna (dove i suoi affari andavano invece a gonfie vele) ce ne tornammo tutti a casa.
La macchina di mio padre fu imbracata nuovamente nella rete di corde robuste della Tirrenia e la famiglia fu ricomposta in quella che di lì a poco, grazie al boom della “Costa Smeralda” stava per trasformarsi da terra di confino e di esilio a paradiso di vacanze e di promozioni.
Le mie vacanze, in quell’estate più che mai, fui costretto a passarle nel negozio di mio padre, che aveva annessa la sua bottega di orologiaio.
Mio padre mi ci portava perché aveva paura che, finita la scuola istituzionale, io finissi con il frequentare i vagabondi del paese, i bastasoni,  i perditempo,  i perdigiorno o i calandroni, come li chiamava lui, a seconda del giorno e dell’umore.
E poi, mi ripeteva, “impara l’arte e mettila da parte!”.
Insomma, volente o nolente, le mie estati anziché odorare di fiume e di campo, odoravano di grasso di iena e di olio di lince (mio padre, soprattutto davanti ai clienti,  chiamava in questo modo misterioso, certi solventi che si usavano per la pulizia e per la lubrificazione degli orologi e dei suoi innumerevoli ingranaggi, principalmente perché era un uomo dalla spiccata fantasia  e  gli piaceva infatti inventare; a suo modo era infatti un artista, ma io questo l’ho capito dopo);  io credo però che il motivo fosse anche legato alla segretezza e alla gelosia che ogni capo bottega ha dell’ arte che vi si svolge  e degli ingredienti che vi si usano.
Quando i clienti, entrando nella bottega (il cui accesso era consentito soltanto ai clienti più affezionati, che si si spingevano oltre il banco di vendita) lo salutavano con l’appellativo di “Maestro” io, nonostante mi rodesse il fatto di essere costretto a frequentare la bottega, mi sentivo orgoglioso del mio papà!
Mio padre a quel saluto sollevava lo sguardo dall’orologio al quale si stava dedicando, senza togliersi neppure la lente d’ingrandimento, che lui calzava nell’occhio sinistro, incastrandola con abilità nell’orbita oculare ossea, sfruttando evidentemente una mobilità e una resistenza muscolare fuori dall’ordinario.
Non amava affatto interrompere il suo lavoro (fatto di massima concentrazione e ferrea precisione) e sul suo volto si stampava sempre un’aria di severa interrogazione (io, se fossi stato bravo in disegno, avrei potuto, senza tema di sbagliare, disegnargli una nuvoletta, all’altezza della fronte, con su scritto “chi sarà mai questo rompicoglioni?”).
Ovviamente rispondeva con una domanda di stile, della serie “salute a lei, mi dica!”, o qualcosa del genere. Mi dava sempre l’impressione  che scendesse da un altro pianeta, a confrontarsi sulla terra con degli esseri inferiori che osavano interrompere il suo viaggio interstellare.
Devo dire per completezza che mio padre non amava neppure staccarsi dal banco da lavoro per recarsi al banco di vendita; e se non c’era un affare importante in vista (magari già avviato) preferiva delegare me o qualche altro fratello, così lui poteva dedicarsi ai suoi amati orologi e ai suoi misteriosi ingranaggi. Io ero ben contento, al contrario di lui, di servire la clientela che entrava nel negozio per acquistare, fosse anche per sostituire il cinturino dell’orologio o il moschettone di chiusura della catenina o del bracciale. Il mio massimo era servire qualche avvenente ragazza con cui mio padre si sarebbe scazzato da morire (dato che diceva che le donne erano sempre troppo indecise e gli facevano perdere del tempo per lui prezioso).
L’apprendistato dell’orologiaio iniziava con  un anno intero passato a guardare il “maestro” lavorare. Mio padre era un uomo di poche spiegazioni: occorreva osservare ed intuire. Non amava neppure le domande, che spezzavano la sua concentrazione.
Quel  primo anno serviva anche per imparare il nome dei solventi (oltre al grasso di iena e all’olio di lince, c’erano diversi acidi, come quello che serviva a staccare la spirale del bilanciere) e il nome dei diversi attrezzi (la pinzetta finissima, i cacciaviti, numerati da 1 a 10, la tronchesina, gli alesatori, gli oliatori, l’estrattore, i punzoni, numerati da 1 a 50 e così via; c’erano anche pinze e tenaglie ma mio padre le usava raramente, perché diceva, ridendo, che quelli erano attrezzi più adatti agli scarpari che agli orologiai); inoltre occorreva essere capaci di trovare, velocemente, il pezzo che eventualmente fosse caduto al maestro durante la lavorazione (e lì capivi  l’importanza di fissare il lavoro con lo sguardo; una distrazione in quella circostanza, oltre che una sgridata o, peggio, un manrovescio, significava non sapere in quale direzione indirizzare la propria ricerca; e se si trattava, ad esempio, di una molletta di calendario o di una qualsiasi altra molletta, erano guai sul serio) .
Dopo il primo anno l’apprendista poteva cominciare a pulire qualche sveglia, privata dello scappamento dal maestro oppure da qualche apprendista più anziano e comunque sotto stretta sorveglianza di qualcuno più anziano in bottega.
Dopo due anni l’apprendista poteva cominciare a smontare e a rimontare un EB 700 oppure un AS 1130. Si trattava dei due macchinari più semplici (il primo senza rubini mentre il secondo ne montava ben 17!), allora commercializzati sotto diversi marchi (mio padre trattava gli svizzeri  Imperios e Superior , che montavano anche l’AS 1130,  indistruttibili e senza tempo); i macchinari su cui all’inizio si esercitavano i praticanti però,  non appartenevano ai clienti ma erano di orologi che appartenevano alla bottega (magari erano stati versati in occasione dell’acquisto di un orologio nuovo; oppure erano appartenuti a clienti che per non pagare il costo della riparazione avevano preferito rinunciare all’orologio; e ciò nonostante mio padre fosse molto meticoloso e preciso nei suoi preventivi, sconsigliando sempre la riparazione quando il costo sarebbe stato eccessivo rispetto al valore dell’orologio).
Se questi primi montaggi andavano in porto positivamente, allora il praticante era ammesso alla sostituzione dell’asse del bilanciere o dell’albero di carica (con o senza coroncina) e della molla di carica sugli orologi dei clienti; ma sempre supervisionato dal maestro o da altro praticante più anziano.
Insomma, se tutto andava per il verso giusto, al decimo anno, forse, eri in grado di riparare i “cinque linee” (cioè gli orologi da donna più minuscoli allora in commercio), gli orologi automatici, quelli a calendario e via, via, i cronografi, con e senza fasi lunari, e i pendoli, il cui apice era costituito, a quel tempo, da quelli che battevano il quarto d’ora e avevano delle icone mobili che comparivano nelle diverse fasi del giorno.
Io mi fermai al montaggio e rimontaggio degli AS 1130 (anche se più tardi, ormai laureando, mi riscattai superando a pieni voti un corso per la manutenzione dei nuovi orologi analogici al quarzo, organizzato dalla prestigiosa casa svizzera LONGINES; serbo ancora con orgoglio il diploma che mi venne rilasciato a fine corso)
Per mia  fortuna dopo qualche anno dalla sfortunata campagna di Sicilia (su cui ho già intrattenuto il lettore in precedenza) mio padre ebbe un’altra delle sue coraggiose iniziative e pensò bene di comprare un locale commerciale di oltre centocinquanta metri quadrati nel centro di Cagliari per farvi una gioielleria con tutti i crismi. Anche in questa circostanza la testa di ponte fu costituita da mia madre (col suo ruolo di mamma), da me (col ruolo di vice-capofamiglia) e tutti e cinque i miei fratelli più piccoli.
Anche questa nuova avventura non andò bene ma debbo dire, per onestà, che questa volta mio padre aveva visto giusto, ma noi figli non fummo all’altezza delle sue grandi visioni di allargamento e di ingrandimento dell’azienda paterna.  E perciò, rivenduto degnamente il locale commerciale, i miei fratelli preferirono espandersi nei paesi viciniori all’azienda fondata da mio padre.
Ma questo fa parte già di un’altra storia.
Leggi il  testo integrale di Memorie di scuola di Ignazio Salvatore Basile,  acquistando on line(c/o Mondadori store, Feltrinelli, IBS, Libreria Universitaria, Amazon ecc.) oppure in libreria il volume edito da Youcanprint ISBN 9788827845486. Il romanzo è disponibile anche in formato e-book nel sito della casa tramite il link sottostante.




sabato 23 marzo 2019

L'immigrazione e il teatrino della politica


Il teatrino della politica,  al quale stiamo assistendo  anche in questi giorni,  in materia di immigrazione , mi ricorda, in una certa misura, le rappresentazioni che facevano certi film degli anni sessanta della lotta che vedeva opposti i buoni e prodi americani ai selvaggi e cattivi Indiani d'America, ben prima che questi venissero rivalutati da un cinema più attento e intelligente, sulle ali dei grossi sensi di colpa che hanno fatto emergere le loro ragioni, al di là delle apparenze.

Ebbene, in questi film dozzinali della mia infanzia, gli Indiani venivano rappresentati come dei selvaggi idolatri, aggressivi, sporchi e inaffidabili, mentre gli americani erano "i nostri", i giusti, quelli che intervenivano al momento giusto per rimettere le cose a posto.
Era facile per noi bambini identificarci e solidarizzare con i cow-boys e con i soldati americani e, di conseguenza, schierarci contro gli Indiani.

Cosa non può distorcere, la rappresentazione di una verità voluta, ancorché fallace e fuorviante, nella mente semplice di un ingenuo ragazzo!?

Che cosa c'era che non andava in quelle rappresentazioni filmate hollywoodiane?

E' molto agevole rispondere: esse ricreavano una situazione, immediata e contingente, in cui era facile leggere da che parte stesse il torto e da quale la ragione.
Era sufficiente, a titolo d'esempio, mostrare degli Indiani ululanti e rabbiosi, in assetto di guerra, incendiare un forte, assalire dei coloni, rapire o peggio uccidere con selvaggia ferocia delle donne e dei bambini inermi,  per scatenare nello spettatore ingenuo e impreparato (ma quale bambino non lo è?) lo sdegno e il desiderio di un intervento riparatore.

Lo stesso accade, se ci badate, nell'odierno teatrino della politica, in materia di immigrazione, anche se la rappresentazione è assai più sfumata e complessa.

 Lo schema di base, tuttavia, è identico: nella rappresentazione di una certa parte politica, ci vogliono mostrare da un lato  gli invasori, i cattivoni, i selvaggi; dall'altro ci sono "i nostri", i salvatori, i giusti.

I politici di parte avversa, nella loro rappresentazione, utilizzano lo stesso schema: da un lato ci mostrano i cattivoni libici, quelli dei campi di concentramento che si accaniscono contro gli inermi migranti; dall'altro ci solo loro, i rescuers, i nuovi salvatori della patria, le ONG filantrope che salvano gli inermi dalle grinfie del mare malvagio.

Entrambe le rappresentazioni sono fallaci e ingannevoli, anche se possono contenere, se non altro,  qualche verità contingente.

Il loro inganno, la loro fallacità sta nella parzialità della rappresentazione; rappresentano cioè soltanto un segmento di verità, estrapolato dal complesso del problema, dalle radici, dalla realtà più complessa e complessiva.
A seconda del suo orientamento politico, l'ingenuo spettatore non può non schierarsi con i buoni di turno.
Così è automatico per uno di sinistra, schierarsi con le ONG contro gli aguzzini del mare e i trafficanti di uomini; e per uno di destra non ci sono dubbi che occorra impedire agli invasori neri (pakistani invaders li chiamava qualcuno a Londra,  tempo fa) di insediarsi in Italia, con le loro credenze esotiche e le loro consuetudini antieuropee e anticristiane.

Ma nelle rappresentazioni semplicistiche, parziali e superficiali, alle quali non è estranea certamente un'informazione televisiva sbrigativa e sommaria, non emergono gli esatti e netti contorni della realtà.
Per esempio: ma chi ha portato questi disperati in Libia? E perché? Se l'Italia e l'Europa hanno bisogno di manodopera e di operai per le loro campagne e per le loro industrie, non ci sono altre vie per fare arrivare soltanto quelli di cui si ha veramente bisogno e le loro famiglie ? (E che ce ne sia bisogno, non c'è dubbio; la stessa destra di Berlusconi e Bossi, fece anni fa un condono per 600.000 clandestini già inseriti come operai nelle industrie del Nord, su pressione dei loro sodali di Confindustria).
E ancora: queste ONG, cosa ci guadagnano a pattugliare il mare in cerca di naufraghi da salvare? Chi sono? Chi paga la loro organizzazione? E perchè? Abbiamo il diritto di sapere da chi vengono finanziate?
Ma davvero dobbiamo prendercela con questi poveri disgraziati e non, invece, con i governanti dei diversi stati del mondo (in primis quelli italiani) per questa situazione?
E poi mi piacerebbe chiedere: dove sono le ricchezze prodotte dalle risorse naturali dell'Africa? Dove sono i profitti delle industrie delocalizzate dall'Europa e insediate in Africa e in Asia?
E i profitti della globalizzazione che se li sta incamerando?

E infine (ma solo per paura di tirarla troppo alle lunghe): ma il nostro dovere di salvare le vite umane, si limita a quei disperati che hanno la forza e i soldi per incamminarsi e imbarcarsi verso le nostre coste? E gli altri? Quelli che rimangono a morire di stenti e di guerra in Africa? Quelli non contano?
Nessuno vuole capire  che gli immigrati che approdano nelle nostre coste sono soltanto la punta di un iceberg?
Insomma, fermo restando il dovere di salvare le vite umane, siano esse in mare, siano esse inchiodate in Africa o in Asia, o dovunque si soffra e si muoia a causa di guerre e carestie, io mi rifiuto di parteggiare per gli Indiani o per i Cow-boys e pretendo una visione più ampia e completa del problema.
E' troppo chiedere ai nostri politici e ai mezzi di informazione che essi controllano di fare chiarezza?

venerdì 15 marzo 2019

Memorie di scuola - Parte terza


Capitolo quattordicesimo
Anno scolastico 2000-2001
Alcuni vecchi docenti come me, che hanno insegnato a lungo,  a cavallo dei due secoli ventesimo e ventunesimo, sogliono distinguere il prima e il dopo rispetto alla introduzione dell’autonomia scolastica.
A distanza di oltre venti anni dalla sua introduzione  (l’autonomia scolastica è in realtà entrata in vigore formalmente il 1 settembre del 2000, ma in precedenza c’era stato un biennio di sperimentazione) io ancora non riesco a spiegarmi il senso di questa riforma che il centro sinistra (col ministro  Luigi Berlinguer) ha voluto calare dall’alto, nonostante le opposizioni nette dei sindacati e dei docenti.
A me questa riforma dell’autonomia scolastica (ripresa con esiti ancor più disastrosi dal governo Renzi con la legge 107 del 2015) ha dato sempre l’impressione di quel  matrimonio, preannunciato con squilli di tromba e grande enfasi, che poi venne però festeggiato  con i fichi secchi.
Si iniziò con la  legge n. 59/1997, (riforma Bassanini), che all’art.  art.21 pose la prima pietra dell’autonomia scolastica conferendo al Governo il potere di riorganizzare il “Servizio istruzione” mediante il potenziamento dell’autonomia intestata alle istituzioni scolastiche ed educative.
Venne poi  realizzata dal DPR 275/1999, che la sbandierava  come “garanzia di pluralismo culturale che si sostanzia nella progettazione e nella realizzazione di interventi di educazione, formazione e istruzione mirati allo sviluppo della persona umana, adeguati ai diversi contesti, alla domanda delle famiglie e alle caratteristiche specifiche dei soggetti coinvolti” .
Al tutto venne infine conferito persino  rango costituzionale (sempre da questa incomprensibile sinistra revisionista) con la Legge 3/2001 del 18 ottobre che all’art. 117, che ha  modificato  il titolo V, della parte seconda della Costituzione.
Per chi ha vissuto la riforma dall’interno, come docente,  il tutto è risultato essere una grande operazione propagandistica, fatta da ministri affetti da megalomania che forse sognavano di iscrivere il loro nome nella storia della scuola (paradossalmente, nel secolo scorso, ci è riuscito soltanto il ministro Giovanni Gentile, cioè un ministro dell’epoca fascista).
In pillole, la  riforma ha attribuito a ogni scuola una personalità giuridica, ha cambiato il nome del preside in Dirigente Scolastico, ha introdotto per ogni scuola l’obbligo di differenziare l’offerta formativa con l’adozione di un POF (piano dell’offerta formativa).
A ben vedere la riforma è stato un cambio di facciata, un’operazione malfatta di maquillage che ha aumentato soltanto il disorientamento dei docenti e la confusione nell’organizzazione.
Del resto basta leggere la cronaca per capire che cosa sia diventata la scuola.
Al di là delle formule burocratiche e pompose, quali quella tesa a “migliorare il processo di insegnamento e di apprendimento” o quella che avrebbe per fine “  di garantire ai soggetti coinvolti il successo formativo, mediante l'impiego delle indispensabili risorse umane, finanziarie e strutturali” e “l’ambizione di di realizzare l’integrazione e il miglior utilizzo delle risorse e delle strutture, anche attraverso l’introduzione e la diffusione di tecnologie innovative”, l’autonomia scolastica è un vero e proprio sacco vuoto.
E leggiamola questa cronaca, per capire quanto poco abbia funzionato questa strombazzata riforma scolastica.
Punto primo: gli edifici scolastici stanno cadendo a pezzi.
La riforma avrebbe dovuto cominciare invece da lì. Si sarebbe dovuto innanzitutto provvedere a mutare radicalmente la stessa architettura scolastica, rinnovando la concezione architettonica della scuola, prevedendo in ogni edificio scolastico una mensa, un teatro, una palestra, degli spazi appositi per i laboratori informatici.
Quella sì che sarebbe una vera rivoluzione. Prima di sbandierare riforme megagalattiche a nessuno di questi soloni della sinistra revisionista (non parliamo, per carità di patria, dei ministri della destra, con Moratti e Gelmini in testa, che alla scuola pubblica hanno suonato il de profundis, per rilanciare le scuole private dei loro sodali e per punire i docenti, colpevoli di essere, ai loro occhi e dei colleghi ministricchi, della serie Brunetta e Tremonti, per intenderci,  dei marxisti leninisti, affetti da fannullismo cronico, terroristi mancati e figli spuri della rivoluzione del sessantotto), è venuto in mente di rinnovare la scuola partendo dagli edifici destinati a ospitare le classi e i docenti?
A che cosa sono serviti queste riforme se gli edifici scolastici son rimasti gli stessi di cinquant’anni fa? Ma davvero si può pensare di fare una riforma così ambiziosa senza prevedere una ricostruzione e un ripensamento degli spazi a disposizione di studenti e docenti per svolgere la vita scolastica? Ma qualcuno di questi riformatori mancati è mai stato all’estero, almeno per capire come va concepito una spazio scolastico decente?
Io ho avuto l’impressione che tutti i ministri che si sono succeduti nel secondo dopoguerra, non abbiano capito niente della scuola (soprattutto quelli dalla Falcucci in poi).
Non c’è bisogno di scomodare Keynes per capire che un piano di ricostruzione di tutti gli edifici scolastici avrebbe costituito un volano economico e culturale davvero rivoluzionario.
Invece i nostri ministricchi sentenziavano che con la cultura non si mangia e hanno continuato, inesorabilmente, a tagliare le risorse scolastiche.
Punto secondo: è mancato totalmente il rilancio della figura del docente.
Trattando i docenti da fannulloni, riducendo i loro stipendi a salari di sopravvivenza i nostri ministricchi non hanno fatto altro che screditare i docenti agli occhi di un’opinione pubblica sempre più arrabbiata e sempre più confusa e impreparata (che altro aspettarsi, d’altronde, se i nostri ministri e parlamentari, per primi, hanno messo la scuola all’ultimo posto dei loro pensieri?).
Risultato di questa politica di screditamento: gli studenti hanno cominciato a vedere i loro docenti come degli sfigati, senza arte né parte, bistrattati, malpagati e tecnologicamente arretrati; i familiari sono arrivati persino ad allungare le mani su di loro (e non è mancato neppure qualche studente che lo ha fatto, postando poi su Internet la malefatta).
Ma come si è potuto pensare a una riforma che non prevedesse il rilancio della figura più importante della scuola?
Terzo punto: si è tanto discettato di autonomia ma i programmi sono rimasti quelli di mezzo secolo fa, appannaggio esclusivo dei ministri e dei loro apparati. E qui la domanda sorge spontanea: ma allora di quale autonomia si è parlato in questo ventennio?
Risposta semplice e ovvia: dell’autonomia relativa ai programmi aggiuntivi, quelli extracurricolari, da svolgersi nel pomeriggio. Insomma, a dei veri e propri riempitivi, per non chiamarli optional.
Peccato che nessuno abbia previsto che questi programmi aggiuntivi, tesi magari lodevolmente a colmare le lacune manifestate dai discenti durante l’anno scolastico, andassero svolti al pomeriggio, e che quindi gli edifici scolastici abbisognassero di una mensa scolastica, una cucina , dei luoghi di ritrovo per studenti e docenti!
E qui mi fermo. Non senza aver posto un’ ultima  domanda: ma si può seriamente  pensare di costruire una scuola di livello europeo, lasciando gli stipendi dei docenti a un livello tra i più bassi d’Europa?

Leggi il  testo integrale di Memorie di scuola di Ignazio Salvatore Basile,  acquistando on line(c/o Mondadori store, Feltrinelli, IBS, Libreria Universitaria, Amazon ecc.) oppure in libreria il volume edito da Youcanprint ISBN 9788827845486. Il romanzo è disponibile anche in formato e-book nel sito della casa tramite il link sottostante.

giovedì 14 marzo 2019

Free Nasrin Sotoudeh


Though Mohammad Moqiseh, a judge at a revolutionary court in Tehran, said on Monday that Nasrin Sotoudeh had been sentenced only to five years (and not to decades of prison and to be lashed in a public place) for assembling against national security and two years for insulting the country’s supreme leader, Ali Khamenei, we are all very worried about the human rights in Iran.
The concerns are increased by the circumstances that Nasrin Sotoudeh is a lawyer and as such she has spent her professional efforts to defend several  Iranian  people from the invadence of the religious dictatorship.
As a western citizen I found inacceptable that a regimen of a no democrat state  inhibits lawyers and writers to criticise the vertices and the powermen of the apparatus.
Please don't think and don't tell me this is a domestic jurisdiction affair.
The globalisation has mad the entire world a unique, great comunity.
How long do we have to wait until all the men and women in the world can freely speech even against the power?
It's a shame that in the third millennium we must assist to convictions for opinion crimes.
We want freedom of speech for everyone in the world.
We want the men of state and power stop preventing lawyers, journalist and simple citizens to express their opinions.
We can't tolerate anymore a censorship of the free speech and the free human thought.
Enough it's enough!

mercoledì 13 marzo 2019

Memoria di scuola - Parte terza


Capitolo sesto
Anno scolastico 1992-1993
Chissà come e perché (forse è vero che l’appetito vien mangiando), ma erano passati pochi anni da quando avevo vinto il concorso per insegnante delle scuole superiori, che già sognavo di fare il gran salto all’Università.
Forse sarà stato un retaggio della mia gioventù da giramondo (l’attento lettore ricorderà come io avessi interrotto i miei viaggi soltanto provvisoriamente, per dar modo al mio buon vecchio, di liberarsi del fardello dei suoi affari e di come poi, invece, io restassi favorevolmente incastrato da una serie di coincidenze positive, rassegnandomi a non riprendere più quei miei viaggi solitari e, in fondo,  spericolati,   senza meta e senza costrutto). O magari saranno  stati il mio ego smisurato e  la mia giovanile esuberanza a spingere per un miglioramento di status economico e sociale; infine, forse, più verosimilmente, sarà stata la mia condizione di solitudine e il vuoto affettivo da riempire, o la sete di avventure, fatto sta che quando lessi di un concorso per ricercatore universitario bandito dall’Università di Trento, mi venne voglia di mettermi in gioco di nuovo e cimentarmi ancora in un concorso pubblico che, in caso di vittoria, mi avrebbe proiettato nel mondo accademico, dove finalmente avrei potuto appagare (così almeno ragionavo all’epoca) la mia infinita sete di conoscenza.
All’università avevo studiato il diritto tributario con il prof. Basciu, un autentico luminare della materia. Sapevo inoltre che non erano molti gli studiosi specializzati nella difficile materia,  per cui quando lessi il bando dell’Università di Trento con cui si metteva a concorso un posto da ricercatore universitario per il diritto tributario feci subito la domanda.
Il profilo richiesto dal bando sembrava corrispondere al mio. Il concorso era per titoli e per esami. Gli esami consistevano in  due scritti e un colloquio. Tra i titoli venivano considerati prioritari: l’essere titolare  di una cattedra  in discipline giuridiche ed economiche per vincita di concorso; l’avere superato l’abilitazione alla professione di procuratore legale (era il titolo che precedeva quello di avvocato e che io avevo già superato nel 1990); la conoscenza di una o più lingue straniere a livello professionale (io ne conoscevo anche allora almeno tre: l’inglese, lo spagnolo e il francese).
Prima di partire per Trento ebbi l’ispirazione di passare nella mia ex facoltà, quella di Giurisprudenza a Cagliari. Trovai un’impiegata gentile che mi diede alcune fotocopie con delle sentenze della Corte Costituzionale  incentrate sulla figura dell’intendente  di finanza (una figura che di lì a poco sarebbe scomparsa con l’istituzione delle Agenzie delle Entrate di livello provinciale che in pratica ne surrogarono le funzioni).
Prima di andar via mi imbattei nel segretario della presidenza ( che all'epoca era ancora il mio relatore alla tesi di laurea, il prof Pau, di cui ho già parlato, come ricorderà l’attento lettore) che si ricordava di me e mi accolse calorosamente. Si chiamava Lay, mi pare di ricordare, (con la ypsilon e non con la i finale) e non era sardo. “Chi ti porta?” – mi chiese dopo avere appreso che mi recavo a Trento a fare l’esame di ricercatore universitario.
Sul momento non capii. Soltanto dopo ripensai a quella strana domanda. “Torna domani!” mi disse con entusiasmo quando mi accommiatai da lui. Ci tornai dopo un paio di giorni, poco prima di partire. La sua accoglienza fu un po’ più dimessa e meno entusiastica rispetto a qualche giorno prima, anche se Lay non mancò comunque di essere cordiale. Mi fece semplicemente gli auguri, stringendomi la mano.
A Trento presi alloggio in un albergo del centro, non molto distante dalla sede ove dovevano svolgersi gli esami.
La vigilia del primo scritto mi svegliai alle quattro del mattino e non ci fu verso di riprendere sonno. Avevo con me il Manuale di diritto tributario dove avevo preparato l’esame dell’Università. Il suo autore era il Micheli , un altro luminare della materia.
Lo aprii a caso su un argomento abbastanza centrale e importante: “Il sostituto d’imposta”. Dato che il sonno non veniva mi lessi tutto l’argomento, dalla a alla zeta. Poi si fece l’ora di andare all’università. Mi preparai e dopo aver fatto colazione mi recai alla sede dove doveva svolgersi l’esame.
Eravamo sette candidati in tutto; tre, due uomini e una donna particolarmente giovane,  venivano da Bari. Gli altri tre dal nord: forse Bologna, Piacenza e Bergamo, o qualcosa del genere. Io ero l’unico Sardo. Il presidente della Commissione invitò con un largo sorriso l’unica donna candidata a scegliere una delle tre buste che lui le porgeva. Così fece la candidata. Con mia grande sorpresa, l’argomento estratto dalle mainine di quella fata fu  “Il sostituto di imposta”. Avevamo sei ore per lo svolgimento e la consegna.
Ma dopo neanche due ore tre candidati consegnarono il compito e andarono via, preannunciando che non si sarebbero presentati all’indomani per la seconda prova. Io e i tre baresi consegnammo dopo sei ore, proprio alla fine. Notai che i tre lavoravano in equipe e che i loro sforzi sembravano svolti a favorire la loro collega. Scoprii, dopo avere consegnato, che facevano parte di uno studio specializzato di Bari e un po’ ingenuamente mi confidarono che erano rimasti perché il compito che gli aveva dato il capo studio era quello di aiutare Alessandra (non ricordo il cognome di quella candidata anche se mi pare di ricordare che fosse alquanto carina e che assomigliava, almeno nei miei pensieri e nei miei ricordi, all’attrice Florinda Bolkan).
Mi riposai per tutta la sera. Prima di cena mi diedi una lettura esaustiva delle fotocopie che mi avevano dato all’università di Cagliari. Cenai leggero e me ne andai a dormire molto presto.
L’indomani mattina il presidente disse che la prova odierna sarebbe durata soltanto tre ore e che avremmo dovuto dissertare sulla figura dell’Intendente di Finanza.
Immagini il benevolo lettore che cosa provai io a sentire l’argomento proposto!
Prima di iniziare la prova il presidente ci diede delle schede da compilare; dovevamo elencare i nostri titoli e le lingue conosciute e parlate.
Consegnai il tutto dopo tre ore. Nel consegnare chiesi al presidente se la commissione  avrebbe avvisato tutti i candidati in ogni caso. La risposta del presidente fu molto chiara. Disse che dato che i candidati erano rimasti soltanto in quattro, saremmo stati avvisati tutti, sia in caso di superamento degli scritti, sia in caso di mancato superamento. Mentre consegnava la candidata di Bari ricordo ancora le parole che le rivolse il presidente, con quel suo consueto sorriso: “ Mi saluti tanto il prof. Russo!”
Sono sicuro che questo fantomatico prof. Russo con il prosieguo della storia non c’entra niente; ma io ricordo benissimo quel saluto cordiale, anche se solo dopo tanti mesi ne capii l’esatto significato.
Non dico oggi che fossi certo che quel posto sarebbe stato mio; sono stato sempre pessimista di natura (e lo sono ancora). Ma ero certo di avere superato gli scritti; questo sì.
Invece attesi inutilmente la chiamata del segretario della commissione che mi comunicasse l’esito degli scritti (e auspicabilmente anche la data del colloquio).
Quando fui stanco di aspettare telefonai io all’università di Trento.
Mi rispose un funzionario il quale mi informava che il concorso si era chiuso da un pezzo. Chiesi chi lo avesse vinto. Mi rispose cortesemente che lo aveva vinto una certa dottoressa Alessandra nonricordocosa, di Bari”.
Se mi avessero informato di non avere superato gli scritti, avrei sicuramente impugnato gli atti del concorso al TAR (forse a quello del Lazio, competente per materia, dato che si trattava di un concorso nazionale). E questo l’esimio presidente lo aveva messo di sicuro in conto, leggendo i miei titoli. Per cui si guardò bene dall’avvisarmi che non avevo superato neppure gli scritti.
Così, prima ancora di iniziare, finì la mia carriera universitaria.
Recentemente ho letto sulla stampa di uno scandalo scoppiato a causa di alcuni concorsi universitari truccati in diverse discipline, tra cui il diritto tributario. Tra i professori indagati un certo prof. Russo. Sicuramente è un caso di omonimia. Fatta salva comunque la presunzione di innocenza per tutti gli indagati.

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Rosicando sulla via della seta


Si dibatte molto in questi giorni del Memorandum che il governo italiano e quello cinese hanno firmato e che la stampa ha ribattezzato "la via della seta" in ricordo delle vie  commerciali  che  Marco Polo aprì, per conto della Repubblica di Venezia,  allora incontrastata  potenza internazionale, con gli appetitosi mercati asiatici.
Io non sono un esperto di commercio internazionale ma mi piace osservare e commentare da cittadino europeo i fatti del mondo.
A giudicare dal putiferio che questo Memorandum ha suscitato direi che l'argomento deve essere davvero importante, visto che anche all'estero i politici e i commentatori più importanti se ne sono occupati.
Costretto a casa dalle complicanze di una infinita influenza, ho fatto un po' di zapping tra le TV di stato e quelle commerciali.
Il solito Teatrino della politica si è messo in moto per  recitare i ruoli assegnati.
Forza Italia, con le sue potenti corazzate televisive, ha messo in campo l'ammiraglio capo in persona per pontificare sui pericoli del mostro comunista cinese (ma i suoi luogotenenti riescono comunque a infilarsi anche negli altri poli televisivi, giusto per amplificare e ribadire  la dottrina del grande ammiraglio);
la Lega mi sembra defilata, con la sua solita tecnica attendistica, sperando magari di lucrare ancora   elettoralmente sul solito scivolone degli ingenui alleati di governo;
il PD non si capisce cosa pensi ( ma non è una novità) e se ne sta zitto, stretto tra l'astioso Renzi e il nuovo Zingaretti, desideroso di far dimenticare agli elettorali le cazzate combinate dal suo partito a tutti i livelli;
il Movimento 5 Stelle è l'unico che apertamente difende il Memorandum mettendo in evidenza la necessità di riequilibrare la nostra bilancia commerciale con la Cina (troppo sbilanciata a favore di quest'ultima).
Poi, dicevamo, ci sono  gli altri Paesi.
Gli Stati Uniti, sulle ali della guerra commerciale che Trump ha dichiarato alla Cina, ricordando all'Italia l'Alleanza Atlantica di cui fa parte (ma Trump non aveva appena detto che non intendeva pagare le parcelle della difesa occidentale contro il pericolo rosso?) e, forse convinto di trovarsi ancora a trattare con l'Italia degli Andreotti e dei Moro (sorvoliamo sul trattamento che hanno riservato al grande statista, reo soltanto di essersi rifiutato di ubbidire ai diktat di Washington),  ha tentato di imporre una retromarcia che , per fortuna, l'Italia si è rifiutata di fare:
L'Unione Europea ha preso un atteggiamento che mi ricorda una barzelletta di Gigi Proietti, dove un avvocato evidenziava al suo cliente gli svantaggi e i vantaggi della causa: quando c'erano i vantaggi, questi andavano divisi; quando c'erano gli svantaggi, questi andavano posti a carico del cliente (la barzelletta precisava che andavano posti a carico del didietro del cliente, ma lasciamo stare questi dettagli anatomici scabrosi).
Insomma, l'Unione Europea, quando si tratta di condividere il peso degli immigrati, dice che l'Italia, come Paese transfrontaliero, sovrano e limitrofo, se la deve cavare da solo; ma quanto l'Italia si muove da Paese sovrano per cercare di aprire nuovi e appetitosi mercati, allora si ricorda che siamo una Unione Doganale e Politica  che deve muoversi solidalmente sullo scenario internazionale.
A me dà l'impressione che questi Francesi e questi Tedeschi, una volta tanto, stiano rosicando (come dicono a Roma).
Per concludere ho la netta impressione che i bottegai francesi e tedeschi vorrebbero trovarsi al posto dell'Italia nel cercare di aprire alle proprie aziende il mercato cinese; un mercato di un miliardo e mezzo di consumatori, in continua espansione che potrebbe veramente rilanciare l'asfittica economia italiana.
D'altronde, chi sono i discendenti di Marco Polo?
Qualche volta, noi italiani, dovremmo ricordare ai nostri alleati che non siamo davvero gli ultimi arrivati.
Perché invece non ci vengono appresso e cercano di imitarci?
E' così difficile nel cinquecentesimo anniversario della morte di Leonardo da Vinci riconoscere all'Italia qualche primato e qualche merito?
O vogliamo continuare a fare i pupazzi degli americani?